Bajan expectantes las aguas por el Duero
Bajan expectantes las aguas por el río Duero, ese que vio partir a Juan Sabas y llegar a Óscar Cano
De Juan ya se ha dicho todo, aunque quedará por conocer, con algo más de tiempo, su versión de los hechos. Hechos que, desde los jugadores, serán unos; para Juan, otros; y para Vizcaíno, los suyos.
Sea como fuere, en este tipo de situaciones es seguro que ninguna de las tres partes tiene la verdad absoluta. Todos comparten una parte de responsabilidad. Pero ya se sabe: puede fallar lo que se ficha —y eso, como mínimo, hay que mantenerlo hasta enero—; pueden fallar los jugadores, por errores groseros, falta de actitud o de ganas; pero mientras todo eso pasa, al que se cargan es al eslabón más débil, el entrenador.
El que no dio con la tecla, el que no supo reconfigurar a un equipo viciado por viejos vicios.
En definitiva, no sabemos qué porcentaje de culpa tiene cada cual, pero la cuenta siempre la pagan los mismos.
Llega Cano
Ahora llega Óscar Cano, un entrenador de amplia trayectoria, aunque poco estable.
Aterriza con un carácter conciliador, como apuesta total de Vizcaíno, que se ha jugado un año de contrato a llegar al play-off.
Decía mi bisabuelo que “fiar poco y apostar nada”, y parece que no hemos aprendido de los errores del inicio: que si play-off sí o sí, que si ascenso inmediato… Flaco favor le hicieron entonces a Sabas —y a los jugadores— metiendo esa presión de puertas afuera.
Pues ahora, doble o nada para Vizcaíno, un David que es un tío echado “pa’lante”, como dirían por el sur, muy de la cuerda de Páez Junior en eso, desde luego.

Veremos qué acontece.
Estamos a tiempo de todo, y esperemos que Óscar acierte con la tecla. No será un partido el termómetro definitivo, pero las urgencias empezarán a apremiar si no se ven mejorías ni resultados pronto, porque —como dice la propiedad— hay mucho dinero metido.
Y ya sabemos, Vizcaíno: con el dinero no se juega.
