La gran mentira del fútbol

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3 min de lectura

Dice un gran estudioso del fútbol que el entrenador es la gran mentira de este deporte, que el fútbol es de los jugadores

Pero la realidad es que, aunque el entrenador sea lo menos importante de lo más importante, sigue siendo realmente importante.

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Porque los equipos suelen ser el reflejo de lo que les pide su entrenador, de lo que les exige y, sobre todo, de lo que consigue transmitirles.

Puedes construir un equipo desde la emoción y hacer que tenga alma. Puedes cargarlo de conceptos tácticos y técnicos y querer dominar desde el balón. Puedes ser reactivo, esperar tu momento y correr. Puedes ser presionante, buscar el robo arriba y atacar rápido después de recuperar.

Hay muchos modelos.

Todos pueden ser válidos si funcionan.

El problema del Zamora no es que haya elegido un modelo equivocado.

Es que, ahora mismo, cuesta saber cuál ha elegido.

El equipo está en mitad de tabla, siete puntos después de cinco jornadas, y esa posición puede maquillar problemas que van mucho más allá de la clasificación.

Hay una indefinición evidente.

No sabemos qué quiere ser este Zamora. Y después de cinco jornadas, empieza a ser difícil atribuirlo únicamente al proceso de adaptación.

Y aquí aparece otro argumento que tampoco termina de convencer: “hay que educar a los jóvenes”.

No.

Ese equipo es tu equipo.

Es el equipo que has querido construir junto al director deportivo. Es la plantilla con la que decidiste afrontar el proyecto. Y si todo hubiera salido rodado, probablemente estaríamos escuchando hablar de otra manera de esa juventud: de su desparpajo, de sus piernas, de su inconsciencia, de jugadores capaces de jugar sin notar la presión.

Por eso no parece demasiado coherente utilizar ahora la juventud como explicación de aquello que no funciona.

Además, conviene ponerlo en contexto: esta plantilla apenas tiene un año menos de media que la del curso pasado.

La juventud existe. Claro que sí.

Pero no puede convertirse en el comodín para explicar la falta de identidad.

Porque al final los jugadores juegan como se les entrena, como se les organiza, como se les exige y, muchas veces, como se les convence.

El entrenador quizá no sea el protagonista.

Pero tampoco es un espectador.

Y ahora mismo el Zamora se parece demasiado a un equipo que todavía está esperando que alguien le diga quién quiere ser.

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